sábado, 5 de septiembre de 2020

Reportaje

 

Augusto Pérez. 23 ABR 2008

 

Tres años después del conocido como “caso del escritor de la Santísima Trinidad”, Álvaro Mairena Berenguel concede una primera entrevista a los medios de comunicación.

 

Recordará el lector que en el mes de abril de 2005 la Policía Nacional sacó a la luz el bautizado por los medios como “caso del escritor de la Santísima Trinidad”. Álvaro Mairena Berenguel (Mágina, 1960) fue acusado y posteriormente condenado por haber “inventado”, de manera sucesiva, tres identidades diferentes. Para cada una de ellas contaba con diversos documentos acreditativos (certificados de nacimiento, tarjetas de la Seguridad Social, carnés de identidad...).

Este descubrimiento causó una gran sorpresa en el mundo de la literatura, ya que, aunque con mediana repercusión, Álvaro Mairena había publicado y promocionado tres obras diferentes: El club de los sueños (1984), Locuras coleccionables (1996) y Más allá de la vida (2002). Cada uno de estos libros salió al mercado bajo la autoría de una persona distinta (Luis Almendros, Germán Martín y Antón Mesa-López, respectivamente).

Muchas fueron, en su momento, las especulaciones realizadas en torno al sentido de tales actos. El psicólogo Fernando Bellido negaba en el diario El Observador (22 de agosto de 2005) que se tratase de un caso de personalidad múltiple: “No creo que esto tenga nada que ver con la asunción de distintas personalidades por parte de un mismo individuo, ya sea de manera simultánea o sucesiva. Aquí el sujeto es siempre consciente de su identidad real... Creo que la asociación entre arte y locura, que aún pervive en el imaginario social, responde más a causas relacionadas con la poética del artista que a razones estrictamente estéticas o estrictamente patológicas”.

Hubo también quien atribuyó la actitud de Álvaro Mairena a una estrategia de marketing (las ventas de sus libros crecieron considerablemente después de conocerse la noticia). Sin embargo, resulta difícil pensar que el éxito comercial haya sido la razón última de una serie de cambios de identidades que se han prolongado más de veinte años, hasta que, durante la renovación del último de sus carnés de identidad, se descubrió el fraude.

Al calor de los acontecimientos, algunos escritores publicaron artículos de opinión sobre el tema en diversos medios. Roberto Alcaide comparaba las identidades de Álvaro Mairena con los heterónimos de Fernando Pessoa en “Pessoa revisitado” (La Revista Española, 12 de diciembre de 2005) y Sara Vidal resaltaba la importancia de la identidad, el nombre y la autoría literaria en “Los nombres del escritor anónimo: Luis-Germán-Antón). (El Observador, 23 de enero de 2006)

La entrevista tiene lugar en su casa de la calle Garay, en la ciudad argentina a la que Mairena se trasladó para huir del ajetreo producido tras la noticia de su fraude identitario. El autor me conduce hasta una pequeña biblioteca, ligeramente desordenada, en la que aprecio obras literarias de todas las épocas y estilos (En busca del tiempo perdido, el Quijote, El Aleph, varios libros de Pessoa y de Antonio Machado, una antología de Mariano José de Larra, Niebla, El jinete polaco, El Aleph, entre otros). Sobre su mesa de trabajo, descansan papeles de otras épocas y otras identidades: un folleto anunciando la presentación de Más allá de la vida en la Feria del Libro de Madrid, un programa en el que se lee su participación en unas charlas sobre literatura en la Universidad de Granada. No hay rastro de sus propias obras.  

Álvaro Mairena parece advertir la debilidad en mi rostro (el viaje en avión ha sido demasiado largo y aún arrastro un resfriado sin curar) y me ofrece una taza de té y unas pastas con forma de concha estriada que no había probado nunca. Agradezco su amabilidad y comienzo la entrevista.

 

PREGUNTA. La primera pregunta es obligada. ¿Por qué ha decidido conceder una entrevista ahora, tras cinco años de negativas?

Respuesta. Después del juicio sólo quise apartarme de todo y emprender, de una vez por todas, una nueva vida. Ahora han pasado, como dice usted, Augusto, tres años de todo aquello y me parece que va siendo hora de aclarar algunas cuestiones, algunos cabos que han quedado sueltos.

P. Permítame que sea directo. ¿Por qué se dedicó desde su juventud a crearse nuevas identidades, dejando atrás todo lo que rodeaba a cada una de ellas: familia, amigos, pareja, trabajo...? ¿Qué relación guarda este hecho con los libros que publicó bajo cada una de esas identidades?

R. Es difícil encontrar una respuesta satisfactoria a esa pregunta, quiero decir, una respuesta que nos satisfaga a todos. Yo quise ser otras personas, vivir otras vidas, no dentro de la ficción, leyendo novelas, sino en la vida real. Además, eso me ha permitido crear otros personajes, inventar otras vidas para ellos. Creo que, en parte, he podido conseguir lo que pretendía.

P. Su actitud le ha provocado muchos quebraderos de cabeza con las editoriales que publicaron sus libros...

R. Sin duda alguna, pero, a fin de cuentas, ¿qué es un nombre falso? ¿qué importancia tienen el nombre y los apellidos de la persona que escribe un texto? Si no se hubiera descubierto el, llamémosle, truco, no habría tenido lugar ningún problema. Creo que en nuestra sociedad confiamos demasiado en los nombres, sobre todo en los nombres propios, en los títulos de las películas y los libros, en los nombres y los apellidos de las personas. Es importante que no nos dejemos seducir por el espejismo de realidad que crean a nuestro alrededor.

P. El  club de los sueños fue su primera obra publicada. Recibió una buena acogida por parte de la crítica. En un artículo, Ricardo Buendía llegó a hablar de usted como el “escritor promesa del año”. ¿Qué  importancia le da a las valoraciones críticas de sus obras?

R. En los ochenta salían hasta veinte escritores promesa, como dice usted, Augusto, cada año. No hay que darle mayor importancia. Además, ¿cómo está tan seguro de que el crítico que escribió esas palabras era, precisamente, ese crítico? Después de conocer que es posible el cambio de identidad, me refiero. ¿Qué importancia tendría, entonces, que fuera Ricardo Buendía o no el que dijera esas palabras sobre este libro?

P. Bueno, hasta ahora, no se ha demostrado que Ricardo Buendía posea una identidad fraudulenta.

R. Hasta ahora.

P. Permítame poner en antecedentes al lector que no conoce El club de los sueños. Los personajes de esta novela sienten un gran interés por los sueños y sus posibles repercusiones en la “vida real”. Por ello, deciden reunirse todos los domingos por la tarde y charlar sobre los sueños que han tenido durante la semana. El conflicto irrumpe cuando uno de los personajes lleva más de un año sin poder recordar ni un solo sueño.

R. Así es. Me interesa bastante el mundo de los sueños, no sólo en su vertiente de interpretación psicoanalítica, que también, sino por la delgada línea que los separa de la realidad. Existen y, de alguna manera, no dejan de ser reales.

P. Me llama especialmente la atención el último sueño que es capaz de recordar el protagonista: “Yo estaba bañándome en un río -relata con voz temblorosa- nadaba, jugaba con el agua, me sentía pleno y feliz. Heráclito, o la imagen que yo tengo de Heráclito, estaba allí conmigo. También nadaba y se bañaba. De repente, empezó a hacer muchísimo frío, un frío horrible. Comenzó a nevar. Y el agua del río quedó congelada en un instante, dejándonos inmóviles a Heráclito y a mí. Entonces me desperté” ¿Qué interpretación le daría a este sueño? ¿Ha soñado alguna vez algo parecido?

R. No, es un sueño completamente inventado. Y en cuanto a su interpretación, como puede comprobar, las posibilidades son demasiadas como para enumerarlas aquí, infinitas diría yo. No creo que haya que darle más vueltas, insisto, Augusto, en que no es más que un sueño inventado.

P. Hablemos ahora de su segundo libro, una colección de relatos titulada Locuras coleccionables. Cada relato está dedicado a una variante de la locura: la paranoia, la manía, la depresión... Ha sido su libro menos celebrado. Hubo quien lo acusó de ser una colección de tópicos y quien arremetió contra su estilo, tachándolo de demasiado vago e impreciso en un intento por captar lo caótico del mundo de la locura.

R. Sí, es muy posible que esas observaciones sean ciertas. No voy a hacer ningún alegato en mi defensa. La locura tiene mucho de conexión y a la vez de desconexión con el mundo real, con el mundo de los cuerdos, con la verdad. Sólo he pretendido acercarme literariamente a esta cuestión.

P. En uno de sus relatos, el titulado “El suicida”, podemos leer lo siguiente: “Ella era incapaz de comprender su deseo de morir. Pensaba que iba en contra de la naturaleza. Y, sobre todo, no entendía que fuese él el que tuviera que decidir el lugar y el momento de su propio final. Parecía que se comportara como un dios, dándose y quitándose la vida a sí mismo por mero capricho. Cuando cortas el queso sobre la tabla -le recriminó casi en un susurro- o cuando cambias una bombilla, pones el cuidado del suicida que no quiere morir por accidente”. ¿Guarda este pasaje alguna relación con la imagen del escritor como un dios, que da y quita la vida a sus personajes?

R. Ésa es una idea ya antigua, y que no comparto en absoluto. Pero no niego que pueda haber alguna reminiscencia de ese escritor-dios en ese relato. Creo que en alguna ocasión todos nos hemos sentido como títeres en manos de algún dios y hemos deseado cortar las cuerdas y liberarnos. ¿No le ha ocurrido a usted, Augusto?

P. Puede. Aunque opino que muchos lectores, yo mismo alguna vez, hemos sentido más bien el deseo de introducirnos como personajes en algún cuento o novela, de formar parte de ese mundo de ficción. ¿Se siente identificado con este deseo? ¿Si pudiera, en qué libro elegiría vivir?

R. Ése es también un deseo muy antiguo, que tampoco comparto. Prefiero la realidad. Quizá esos deseos sean las dos caras de una misma moneda, o las dos caras de una infinita figura geométrica. Quién sabe.

P. Por último, me gustaría hacer referencia a su último libro publicado. Más allá de la vida es su primera incursión en el mundo de la ciencia ficción. La novela relata la llegada al mercado de venta ilegal de droga de una nueva substancia. Esta droga hace creer a quien la consume que, por espacio de 48 horas, ha muerto. El consumidor deja de experimentar cualquier impulso biológico: comida, bebida, sueño, sexo. Se cree incapaz de comunicarse con el resto de seres humanos y llega fácilmente a la conclusión de que ha muerto. La venta de esta droga, por cierto, resulta todo un éxito.

R. Sí, la idea de poder hablar desde la perspectiva de la muerte, pero sin que ésta hubiera llegado a producirse, me parecía muy atractiva. Las drogas, los estados alterados de conciencia, y la muerte, por supuesto, con todos sus interrogantes, constituyen elementos muy fructíferos para jugar con las posibilidades de lo real.

P. Uno de los personajes de este libro, al creerse muerto, organiza su propio funeral. Se tumba sobre el ataúd, cierra los ojos, escucha la misa de rigor y espera su propio entierro con la paz que, deduce, le proporciona su nuevo estado. Sin embargo, durante el entierro, ya con el ataúd cerrado y varias capas de tierra por encima, el efecto de la droga comienza a disiparse y él se da cuenta de que está siendo enterrado vivo.

R. Así es. La mente puede jugarnos muy malas pasadas. Es necesario estar siempre alerta, fijarse en los detalles, no guiarse únicamente por lo que nuestra conciencia da por verdadero.

P. Antes ha hablado de cabos sueltos y no sé si esos cabos habrán quedado atados del todo para los lectores. Le repetiré la pregunta: ¿qué propició su periplo a través de los cambios de identidad?

R. Normalmente, son muy pocos los cabos que llegan a atarse del todo, pero trataré de responder a su pregunta. Como sucede siempre, y aunque le vaya a sonar a lugar común, todo tuvo que ver con una mujer. Vivíamos en un piso pequeño a las afueras de una gran ciudad y escribíamos un libro a dos manos. Escribíamos lo que sucedía y lo que queríamos que sucediese. Y siempre funcionaba. Ahora me doy cuenta de que era ella la que hacía que funcionase.

Por ejemplo, si una noche de calor habíamos dormido desnudos, con la ventana abierta, su mano en mi sexo y mi dedo índice sellando el trazo de sus labios, lo escribía todo al día siguiente. Y si ella quería que la noche del martes yo le succionara los pezones hasta que supiesen a fresa, a cereza, a mango o a cualquier otra fruta, no tenía más que escribirlo. Y esa noche yo me dedicaba a lamer sus pechos hasta extraer el sabor de todas las frutas del mundo. Sé que aquel juego no era inocente (ninguno lo es después de los ocho años), pero estaba dispuesto a continuarlo hasta el final.

Luego ella murió. Le ahorraré los detalles sobre su muerte. El libro, que cuando acabáramos iba a llevar nuestros nombres, quedó a la mitad. ¿Qué sentido podía tener para mí seguir escribiendo con mi mismo nombre, un nombre compartido cuya mitad ya no me pertenecía? Por eso decidí emplear un nombre diferente, una identidad diferente, para cada libro posterior.

Supongo que todo esto, Augusto, le sonará a literatura barata, pero le aseguro que es una de las pocas verdades que le he dicho esta tarde. La vida, como ve, suele parecerse más a una de esas novelas que se venden en las estaciones de autobuses que a la obra magna de un Premio Nobel.

P. Necesito plantearle una última cuestión. ¿Volverá a publicar con su identidad real, con la que ha recobrado después de más de veinte años?

R. Concédame una respuesta breve. No lo sé.

 

El capítulo sobre la entrevista lo ha dejado agotado. Se prepara un té con pastas y se sienta en el sillón de la biblioteca. No puede evitar el gesto de ordenar algunos libros. Necesita descansar, y más con esta fiebre que no acaba de marcharse y que a un cuerpo ya maduro, como el suyo, se le hace difícil sobrellevar. Sin embargo, no puede dejar de pensar en el periodista. Lo imagina en el avión, al amanecer, sentado del lado de la ventanilla, observando el contraste entre el azul del agua y el azul del cielo que tanto llama la atención de los viajeros cuando llegan o salen de la ciudad. Recuerda unos versos de Pablo Neruda, “quiero saltar al agua para caer al cielo”, y piensa que el periodista sentirá ahora esa paz que sólo puede sentirse a treinta mil pies de altura.

Nada debe ser más terrible que desear ser lo que ya se es, piensa mientras recuerda las palabras del periodista, cuando confesó que a veces le gustaría meterse dentro de una novela y vivir en un mundo de ficción. Pero no siente pena por él, sino más bien envidia. Envidia la posibilidad de contemplar un paisaje sin signos a través de la ventanilla, libre al fin de letras, de nombres, de señales que aluden a otras en un engranaje que no deja de tener algo de macabro. Fantasea con que el personaje haya conectado su aparato de mp3 y haya seleccionado la canción que él está escuchando ahora mismo en un viejo reproductor de CDs. Puede que sea un poco cursi, (a su edad puede permitirse ciertas cursilerías), pero escuchar La mer en la voz de Trénet le transmite una sensación ingrávida, propia del que flota en la inmensidad del agua o en la inmensidad del cielo, a la que no se ve capaz de renunciar.

Se acaba el té y toma de nuevo papel y lápiz. Lo más probable es que el periodista le haya dado al botón de reproducir de nuevo y la canción suene una y otra vez hasta que tome tierra firme, como un mantra que lo protegerá durante todo el viaje. Quizá el personaje cierre los ojos y llegue a la misma conclusión a la que acaba de llegar él. Ha tenido que atravesar tantos libros, tantas páginas escritas, tantos párrafos, tantas líneas, tantas palabras, para darse cuenta de que habría bastado sólo una para decirlo todo. Pero cuál.

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