Cuando la mujer salió de la unidad de quemados
no era capaz de experimentar ni frío ni calor
sobre la piel
O más bien dicho, sobre esa capa de células
que ya no era piel
pero que se le parecía tanto.
Y así atravesó todas las estaciones.
Fingiendo que sentía
la brisa junto al mar
o la crueldad infernal de la nieve.
Y así acarició siluetas negras
que pertenecían a cuerpos envueltos en plástico
y besó reflejos de labios protegidos tras cristales
casi transparentes.
Hasta que cerró los ojos,
ya sin la certeza de abrirlos al día siguiente,
y vio a un niño que lloraba en la nieve
y pezones de leche congelada.
Sólo entonces deseó que volviera el fuego,
resucitar la llama que abrasa,
convertirse en incendio.
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