jueves, 3 de septiembre de 2020

Comentario de texto

 

El libro se articula como una sucesión de relatos en los que el protagonista, un anciano viudo que vive solo en el centro de Madrid, narra los sueños que recuerda. Así, cada entrada del libro, divido en capítulos a modo de diario, se corresponde con el día en el que el protagonista intenta recrear una determinada experiencia onírica. Experiencia que, frecuentemente, ha tenido lugar la noche anterior, tal y como el narrador se encarga de especificar a través de oraciones del tipo “Escribo esto mientras me calienta el café. Antes de que su olor evapore la memoria de lo que he vivido durante la noche” (pág. 33), “Acabo de levantarme con la sensación de estar todavía soñando. ¿Puede uno escribir en sueños? ¿Es así? ¿Será que aún no me he despertado y sigo danzando en aquella fiesta interminable…? (pág. 92). Tenemos que apuntar que no es siempre la exposición de los hechos nocturnos el primer quehacer de la mañana. En otras ocasiones, que después descubriremos como fuente de un relato más elaborado, es la tarde el momento elegido para su descripción: “Es ahora, cuando el sol de la tarde entra por la ventana, cuando intento agarrarme a la última luz del verano, es ahora, digo, cuando quiero narrar el sueño que tuve anoche” (pág. 150). El narrador pone al lector sobre una pista que seguramente éste ya intuía: cabe la posibilidad de que, ya sea de manera inconsciente o voluntaria, la invención o la ficción formen parte de lo narrado: “¿lo soñé, lo inventé, lo leí en alguna parte, me lo contaron? ¿Lo recordé acaso de una vida pasada, serán evocaciones de un yo anterior que se me aparecen ahora, en esta vida, como cuando la película en echan por televisión junto antes de que nos invada el sopor de la siesta se introduce en nuestros sueños?” (pág. 102).

La temática principal de las experiencias oníricas del anciano es la muerte, materia con la que el protagonista, debido a su avanzada edad, admite sentirse obsesionado. Tomaremos a continuación, de forma ilustrativa, tres de estos capítulos en los que se alude de manera al final de la vida de manera inequívoca pero en sentidos muy diferentes.

El capítulo tres del libro se corresponde con la entrada  del día 5 de abril de 2020 y se titula “Hacer la muerte”. Aquí, el anciano se identifica con una imagen joven de sí mismo y se halla de manera repentida en una habitación de hotel con una de sus parejas de juventud: “Éramos Clara y yo cuando teníamos veinte años, aunque nosotros nunca nos fuimos de viaje, al menos, que sea capaz de recordar” (pág. 44). La pareja comienza a desvestirse con pasión y, una vez que ya no les queda ropa que quitarse comienzan a arrancarse la piel en un viaje desesperado por llegar a una suerte de núcleo corpóreo, de desnudez total, de esencia desvelada que debe quedar al descubierto: “Primero nos arrancamos la piel del torso. Me complacía ver sus pechos al aire, desvelados al fin ante mí sin el maquillaje canela de la piel. Al besarnos, se nos caían los dientes y nuestras lenguas se convertían en finos cuchillos de acero que lo herían todo a su paso. Estábamos allí tumbados, desangrándonos, pero ansiado llegar más adentro del otro, acariciando nuestros tendones y músculos, deseando tocar nuestras entrañas. En un momento, llegué a tener su corazón en mis manos. Dejó de latir en cuanto lo sostuve y fue entonces cuando empecé a sufrir dolor” (pág. 48). Como resultado de esta destrucción mutua, los cuerpos de los amantes acaban reducidos a huesos sobre las sábanas de la cama. Dos esqueletos que parecen contemplarse aún con pasión.

En el capítulo ocho volvemos a encontrarnos con el desarrollo de la muerte acompañado de un amor que no consigue la salvación del dormido. El capítulo, titulado “Pesadilla” y con entrada del 26 de junio de 2020, sitúa ahora al narrador en una etapa de madurez. Ha acudido junto a su esposa a una fiesta de Nochevieja celebrada en un distinguido hotel de la ciudad. Ambos se encuentran en una habitación amplia y lujosa, rodeados de parejas que bailan el vals y beben champán sin descanso. Queremos llamar aquí la atención sobre el planteamiento que el protagonista lleva acabo sobre una muerte que, si bien no parece deseada, tampoco se rechaza: “Desde que Elsa y yo pisamos la azotea del hotel, supe que en esa sala siempre era Nochevieja. Elsa reía y bailaba y saludaba a personas que parecían conocerme a mí también pero que yo no había visto nunca. No se daba cuenta de que si no salíamos de allí antes de medianoche nos quedaríamos atrapados, como todos ellos, en una Nochevieja infinita. Así que tiré fuerte de su brazo para llevarla hacia la puerta de salida mientras trataba de explicarle lo que estaba a punto de ocurrir. Sin embargo, ella cogió con fuerza su cabeza entre mis manos, me miró fijamente y me dijo con serenidad: van a dar las doce, amor, y no vamos a morir. Seguiremos viviendo engalanados, ebrios de terror, por los siglos de los siglos” (pág. 85). La muerte, pues, se vuelve aquí una opción necesaria frente a la imposibilidad de seguir viviendo una vida vacía envuelta en papel de regalo.

Por último, nos gustaría hacer referencia al capítulo doce, capítulo final que cierra el libro y que, sin hacer ninguna referencia explícita a la muerte, nos parece, el más contundente de todos. El registro de la descripción de este sueño se corresponde con la entrada del diario del 30 de agosto de 2020 y su título es “Heráclito”. Aparece el anciano caminando por un bosque justo después de una gran tormenta invernal. Está desnudo y siente a cada paso el río de la nieve bajo sus pies y el corte helado del viento en cada centímetro de su cuerpo. Esto no le impide, sin embargo, disfrutar de la belleza del espectáculo que lo rodea. Los copos de nieve que caen de las ramas de los árboles le recuerdan a pompas de jabón que pueden explotarse con los dedos. Conoce l belleza del frío y se abandona a ella, extasiado. Sigue caminando y descubre un pequeño río de agua profunda y azul. Hay un hombre bañándose y decide imitarlo. El agua los cubre hasta el cuello, pero los dos sonríen y nadan felices. La temperatura baja cada vez más y ambos sienten cómo el agua comienza a congelarse. Sus cuerpos están ahora rígidos, inmóviles en mitad del río helado. Comprende entonces que el otro hombre es Heráclito y que él ya no va despertarse.

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