El
libro se articula como una sucesión de relatos en los que el protagonista, un
anciano viudo que vive solo en el centro de Madrid, narra los sueños que
recuerda. Así, cada entrada del libro, divido en capítulos a modo de diario, se
corresponde con el día en el que el protagonista intenta recrear una
determinada experiencia onírica. Experiencia que, frecuentemente, ha tenido
lugar la noche anterior, tal y como el narrador se encarga de especificar a
través de oraciones del tipo “Escribo esto mientras me calienta el café. Antes
de que su olor evapore la memoria de lo que he vivido durante la noche” (pág.
33), “Acabo de levantarme con la sensación de estar todavía soñando. ¿Puede uno
escribir en sueños? ¿Es así? ¿Será que aún no me he despertado y sigo danzando
en aquella fiesta interminable…? (pág. 92). Tenemos que apuntar que no es
siempre la exposición de los hechos nocturnos el primer quehacer de la mañana.
En otras ocasiones, que después descubriremos como fuente de un relato más
elaborado, es la tarde el momento elegido para su descripción: “Es ahora,
cuando el sol de la tarde entra por la ventana, cuando intento agarrarme a la
última luz del verano, es ahora, digo, cuando quiero narrar el sueño que tuve
anoche” (pág. 150). El narrador pone al lector sobre una pista que seguramente
éste ya intuía: cabe la posibilidad de que, ya sea de manera inconsciente o
voluntaria, la invención o la ficción formen parte de lo narrado: “¿lo soñé, lo
inventé, lo leí en alguna parte, me lo contaron? ¿Lo recordé acaso de una vida
pasada, serán evocaciones de un yo anterior que se me aparecen ahora, en esta
vida, como cuando la película en echan por televisión junto antes de que nos
invada el sopor de la siesta se introduce en nuestros sueños?” (pág. 102).
La
temática principal de las experiencias oníricas del anciano es la muerte,
materia con la que el protagonista, debido a su avanzada edad, admite sentirse
obsesionado. Tomaremos a continuación, de forma ilustrativa, tres de estos
capítulos en los que se alude de manera al final de la vida de manera
inequívoca pero en sentidos muy diferentes.
El
capítulo tres del libro se corresponde con la entrada del día 5 de abril de 2020 y se titula “Hacer
la muerte”. Aquí, el anciano se identifica con una imagen joven de sí mismo y
se halla de manera repentida en una habitación de hotel con una de sus parejas
de juventud: “Éramos Clara y yo cuando teníamos veinte años, aunque nosotros
nunca nos fuimos de viaje, al menos, que sea capaz de recordar” (pág. 44). La
pareja comienza a desvestirse con pasión y, una vez que ya no les queda ropa
que quitarse comienzan a arrancarse la piel en un viaje desesperado por llegar
a una suerte de núcleo corpóreo, de desnudez total, de esencia desvelada que
debe quedar al descubierto: “Primero nos arrancamos la piel del torso. Me
complacía ver sus pechos al aire, desvelados al fin ante mí sin el maquillaje
canela de la piel. Al besarnos, se nos caían los dientes y nuestras lenguas se
convertían en finos cuchillos de acero que lo herían todo a su paso. Estábamos
allí tumbados, desangrándonos, pero ansiado llegar más adentro del otro,
acariciando nuestros tendones y músculos, deseando tocar nuestras entrañas. En
un momento, llegué a tener su corazón en mis manos. Dejó de latir en cuanto lo
sostuve y fue entonces cuando empecé a sufrir dolor” (pág. 48). Como resultado
de esta destrucción mutua, los cuerpos de los amantes acaban reducidos a huesos
sobre las sábanas de la cama. Dos esqueletos que parecen contemplarse aún con
pasión.
En
el capítulo ocho volvemos a encontrarnos con el desarrollo de la muerte
acompañado de un amor que no consigue la salvación del dormido. El capítulo,
titulado “Pesadilla” y con entrada del 26 de junio de 2020, sitúa ahora al
narrador en una etapa de madurez. Ha acudido junto a su esposa a una fiesta de
Nochevieja celebrada en un distinguido hotel de la ciudad. Ambos se encuentran
en una habitación amplia y lujosa, rodeados de parejas que bailan el vals y
beben champán sin descanso. Queremos llamar aquí la atención sobre el planteamiento
que el protagonista lleva acabo sobre una muerte que, si bien no parece
deseada, tampoco se rechaza: “Desde que Elsa y yo pisamos la azotea del hotel,
supe que en esa sala siempre era Nochevieja. Elsa reía y bailaba y saludaba a
personas que parecían conocerme a mí también pero que yo no había visto nunca.
No se daba cuenta de que si no salíamos de allí antes de medianoche nos
quedaríamos atrapados, como todos ellos, en una Nochevieja infinita. Así que
tiré fuerte de su brazo para llevarla hacia la puerta de salida mientras
trataba de explicarle lo que estaba a punto de ocurrir. Sin embargo, ella cogió
con fuerza su cabeza entre mis manos, me miró fijamente y me dijo con
serenidad: van a dar las doce, amor, y no vamos a morir. Seguiremos viviendo
engalanados, ebrios de terror, por los siglos de los siglos” (pág. 85). La
muerte, pues, se vuelve aquí una opción necesaria frente a la imposibilidad de
seguir viviendo una vida vacía envuelta en papel de regalo.
Por
último, nos gustaría hacer referencia al capítulo doce, capítulo final que cierra
el libro y que, sin hacer ninguna referencia explícita a la muerte, nos parece,
el más contundente de todos. El registro de la descripción de este sueño se
corresponde con la entrada del diario del 30 de agosto de 2020 y su título es
“Heráclito”. Aparece el anciano caminando por un bosque justo después de una
gran tormenta invernal. Está desnudo y siente a cada paso el río de la nieve
bajo sus pies y el corte helado del viento en cada centímetro de su cuerpo.
Esto no le impide, sin embargo, disfrutar de la belleza del espectáculo que lo
rodea. Los copos de nieve que caen de las ramas de los árboles le recuerdan a
pompas de jabón que pueden explotarse con los dedos. Conoce l belleza del frío
y se abandona a ella, extasiado. Sigue caminando y descubre un pequeño río de
agua profunda y azul. Hay un hombre bañándose y decide imitarlo. El agua los
cubre hasta el cuello, pero los dos sonríen y nadan felices. La temperatura
baja cada vez más y ambos sienten cómo el agua comienza a congelarse. Sus
cuerpos están ahora rígidos, inmóviles en mitad del río helado. Comprende
entonces que el otro hombre es Heráclito y que él ya no va despertarse.
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