Augusto Pérez. 23 ABR 2008
Tres años después del conocido como “caso del escritor de la Santísima
Trinidad”, Álvaro Mairena Berenguel concede una primera entrevista a los medios
de comunicación.
Recordará el lector que en el mes de abril de 2005 la
Policía Nacional sacó a la luz el bautizado por los medios como “caso del
escritor de la Santísima Trinidad”. Álvaro Mairena Berenguel (Mágina, 1960) fue
acusado y posteriormente condenado por haber “inventado”, de manera sucesiva,
tres identidades diferentes. Para cada una de ellas contaba con diversos
documentos acreditativos (certificados de nacimiento, tarjetas de la Seguridad
Social, carnés de identidad...).
Este descubrimiento causó una gran sorpresa en el
mundo de la literatura, ya que, aunque con mediana repercusión, Álvaro Mairena
había publicado y promocionado tres obras diferentes: El club de los sueños
(1984), Locuras coleccionables (1996) y Más allá de la vida
(2002). Cada uno de estos libros salió al mercado bajo la autoría de una
persona distinta (Luis Almendros, Germán Martín y Antón Mesa-López,
respectivamente).
Muchas fueron, en su momento, las especulaciones
realizadas en torno al sentido de tales actos. El psicólogo Fernando Bellido
negaba en el diario El Observador (22 de agosto de 2005) que se tratase de un
caso de personalidad múltiple: “No creo que esto tenga nada que ver con la
asunción de distintas personalidades por parte de un mismo individuo, ya sea de
manera simultánea o sucesiva. Aquí el sujeto es siempre consciente de su
identidad real... Creo que la asociación entre arte y locura, que aún pervive
en el imaginario social, responde más a causas relacionadas con la poética del
artista que a razones estrictamente estéticas o estrictamente patológicas”.
Hubo también quien atribuyó la actitud de Álvaro
Mairena a una estrategia de marketing (las ventas de sus libros crecieron
considerablemente después de conocerse la noticia). Sin embargo, resulta
difícil pensar que el éxito comercial haya sido la razón última de una serie de
cambios de identidades que se han prolongado más de veinte años, hasta que,
durante la renovación del último de sus carnés de identidad, se descubrió el
fraude.
Al calor de los acontecimientos, algunos escritores
publicaron artículos de opinión sobre el tema en diversos medios. Roberto
Alcaide comparaba las identidades de Álvaro Mairena con los heterónimos de
Fernando Pessoa en “Pessoa revisitado” (La Revista Española, 12 de
diciembre de 2005) y Sara Vidal resaltaba la importancia de la
identidad, el nombre y la autoría literaria en “Los nombres del escritor
anónimo: Luis-Germán-Antón). (El Observador, 23 de enero de 2006)
La entrevista tiene lugar en su casa de la calle
Garay, en la ciudad argentina a la que Mairena se trasladó para huir del
ajetreo producido tras la noticia de su fraude identitario. El autor me conduce
hasta una pequeña biblioteca, ligeramente desordenada, en la que aprecio obras
literarias de todas las épocas y estilos (En busca del tiempo perdido, el
Quijote, El Aleph, varios libros de Pessoa y de Antonio Machado, una
antología de Mariano José de Larra, Niebla, El jinete polaco, El
Aleph, entre otros). Sobre su mesa de trabajo, descansan papeles de otras
épocas y otras identidades: un folleto anunciando la presentación de Más allá de la vida en la Feria del
Libro de Madrid, un programa en el que se lee su participación en unas charlas
sobre literatura en la Universidad de Granada. No hay rastro de sus propias
obras.
Álvaro Mairena parece advertir la debilidad en mi
rostro (el viaje en avión ha sido demasiado largo y aún arrastro un resfriado
sin curar) y me ofrece una taza de té y unas pastas con forma de concha
estriada que no había probado nunca. Agradezco su amabilidad y comienzo la
entrevista.
PREGUNTA. La primera pregunta es obligada. ¿Por qué ha decidido
conceder una entrevista ahora, tras cinco años de negativas?
Respuesta. Después del juicio sólo quise apartarme de todo y emprender,
de una vez por todas, una nueva vida. Ahora han pasado, como dice usted,
Augusto, tres años de todo aquello y me parece que va siendo hora de aclarar
algunas cuestiones, algunos cabos que han quedado sueltos.
P. Permítame que sea directo. ¿Por qué se dedicó desde su juventud a
crearse nuevas identidades, dejando atrás todo lo que rodeaba a cada una de
ellas: familia, amigos, pareja, trabajo...? ¿Qué relación guarda este hecho con
los libros que publicó bajo cada una de esas identidades?
R. Es difícil encontrar una respuesta satisfactoria a esa pregunta,
quiero decir, una respuesta que nos satisfaga a todos. Yo quise ser otras
personas, vivir otras vidas, no dentro de la ficción, leyendo novelas, sino en
la vida real. Además, eso me ha permitido crear otros personajes, inventar
otras vidas para ellos. Creo que, en parte, he podido conseguir lo que
pretendía.
P. Su actitud le ha provocado muchos quebraderos de cabeza con las
editoriales que publicaron sus libros...
R. Sin duda alguna, pero, a fin de cuentas, ¿qué es un nombre falso? ¿qué
importancia tienen el nombre y los apellidos de la persona que escribe un
texto? Si no se hubiera descubierto el, llamémosle, truco, no habría tenido
lugar ningún problema. Creo que en nuestra sociedad confiamos demasiado en los
nombres, sobre todo en los nombres propios, en los títulos de las películas y
los libros, en los nombres y los apellidos de las personas. Es importante que
no nos dejemos seducir por el espejismo de realidad que crean a nuestro
alrededor.
P. El club de los sueños fue
su primera obra publicada. Recibió una buena acogida por parte de la crítica.
En un artículo, Ricardo Buendía llegó a hablar de usted como el “escritor
promesa del año”. ¿Qué importancia
le da a las valoraciones críticas de sus obras?
R. En los ochenta salían hasta veinte escritores promesa, como dice
usted, Augusto, cada año. No hay que darle mayor importancia. Además, ¿cómo
está tan seguro de que el crítico que escribió esas palabras era, precisamente,
ese crítico? Después de conocer que es posible el cambio de identidad, me
refiero. ¿Qué importancia tendría, entonces, que fuera Ricardo Buendía o no el
que dijera esas palabras sobre este libro?
P. Bueno, hasta ahora, no se ha demostrado que Ricardo Buendía posea
una identidad fraudulenta.
R. Hasta ahora.
P. Permítame poner en antecedentes al lector que no conoce El club
de los sueños. Los personajes de esta novela sienten un gran interés por
los sueños y sus posibles repercusiones en la “vida real”. Por ello, deciden
reunirse todos los domingos por la tarde y charlar sobre los sueños que han
tenido durante la semana. El conflicto irrumpe cuando uno de los personajes
lleva más de un año sin poder recordar ni un solo sueño.
R. Así es. Me interesa bastante el mundo de los sueños, no sólo en su
vertiente de interpretación psicoanalítica, que también, sino por la delgada
línea que los separa de la realidad. Existen y, de alguna manera, no dejan de
ser reales.
P. Me llama especialmente la atención el último sueño que es capaz de
recordar el protagonista: “Yo estaba bañándome en un río -relata con voz
temblorosa- nadaba, jugaba con el agua, me sentía pleno y feliz. Heráclito, o
la imagen que yo tengo de Heráclito, estaba allí conmigo. También nadaba y se
bañaba. De repente, empezó a hacer muchísimo frío, un frío horrible. Comenzó a
nevar. Y el agua del río quedó congelada en un instante, dejándonos inmóviles a
Heráclito y a mí. Entonces me desperté” ¿Qué interpretación le daría a este
sueño? ¿Ha soñado alguna vez algo parecido?
R. No, es un sueño completamente inventado. Y en cuanto a su
interpretación, como puede comprobar, las posibilidades son demasiadas como
para enumerarlas aquí, infinitas diría yo. No creo que haya que darle más
vueltas, insisto, Augusto, en que no es más que un sueño inventado.
P. Hablemos ahora de su segundo libro, una colección de relatos
titulada Locuras coleccionables. Cada relato está dedicado a una
variante de la locura: la paranoia, la manía, la depresión... Ha sido su libro
menos celebrado. Hubo quien lo acusó de ser una colección de tópicos y quien
arremetió contra su estilo, tachándolo de demasiado vago e impreciso en un
intento por captar lo caótico del mundo de la locura.
R. Sí, es muy posible que esas observaciones sean ciertas. No voy a hacer
ningún alegato en mi defensa. La locura tiene mucho de conexión y a la vez de
desconexión con el mundo real, con el mundo de los cuerdos, con la verdad. Sólo
he pretendido acercarme literariamente a esta cuestión.
P. En uno de sus relatos, el titulado “El suicida”, podemos leer lo
siguiente: “Ella era incapaz de comprender su deseo de morir. Pensaba que iba
en contra de la naturaleza. Y, sobre todo, no entendía que fuese él el que
tuviera que decidir el lugar y el momento de su propio final. Parecía que se
comportara como un dios, dándose y quitándose la vida a sí mismo por mero
capricho. Cuando cortas el queso sobre la tabla -le recriminó casi en un
susurro- o cuando cambias una bombilla, pones el cuidado del suicida que no
quiere morir por accidente”. ¿Guarda este pasaje alguna relación con la imagen
del escritor como un dios, que da y quita la vida a sus personajes?
R. Ésa es una idea ya antigua, y que no comparto en absoluto. Pero no
niego que pueda haber alguna reminiscencia de ese escritor-dios en ese relato.
Creo que en alguna ocasión todos nos hemos sentido como títeres en manos de
algún dios y hemos deseado cortar las cuerdas y liberarnos. ¿No le ha ocurrido
a usted, Augusto?
P. Puede. Aunque opino que muchos lectores, yo mismo alguna vez, hemos
sentido más bien el deseo de introducirnos como personajes en algún cuento o
novela, de formar parte de ese mundo de ficción. ¿Se siente identificado con
este deseo? ¿Si pudiera, en qué libro elegiría vivir?
R. Ése es también un deseo muy antiguo, que tampoco comparto. Prefiero la
realidad. Quizá esos deseos sean las dos caras de una misma moneda, o las dos
caras de una infinita figura geométrica. Quién sabe.
P. Por último, me gustaría hacer referencia a su último libro
publicado. Más allá de la vida es su primera incursión en el mundo de la
ciencia ficción. La novela relata la llegada al mercado de venta ilegal de
droga de una nueva substancia. Esta droga hace creer a quien la consume que,
por espacio de 48 horas, ha muerto. El consumidor deja de experimentar
cualquier impulso biológico: comida, bebida, sueño, sexo. Se cree incapaz de
comunicarse con el resto de seres humanos y llega fácilmente a la conclusión de
que ha muerto. La venta de esta droga, por cierto, resulta todo un éxito.
R. Sí, la idea de poder hablar desde la perspectiva de la muerte, pero
sin que ésta hubiera llegado a producirse, me parecía muy atractiva. Las
drogas, los estados alterados de conciencia, y la muerte, por supuesto, con
todos sus interrogantes, constituyen elementos muy fructíferos para jugar con
las posibilidades de lo real.
P. Uno de los personajes de este libro, al creerse muerto, organiza su
propio funeral. Se tumba sobre el ataúd, cierra los ojos, escucha la misa de
rigor y espera su propio entierro con la paz que, deduce, le proporciona su
nuevo estado. Sin embargo, durante el entierro, ya con el ataúd cerrado y
varias capas de tierra por encima, el efecto de la droga comienza a disiparse y
él se da cuenta de que está siendo enterrado vivo.
R. Así es. La mente puede jugarnos muy malas pasadas. Es necesario estar
siempre alerta, fijarse en los detalles, no guiarse únicamente por lo que
nuestra conciencia da por verdadero.
P. Antes ha hablado de cabos sueltos y no sé si esos cabos habrán
quedado atados del todo para los lectores. Le repetiré la pregunta: ¿qué
propició su periplo a través de los cambios de identidad?
R. Normalmente, son muy pocos los cabos que llegan a atarse del todo,
pero trataré de responder a su pregunta. Como sucede siempre, y aunque le vaya a
sonar a lugar común, todo tuvo que ver con una mujer. Vivíamos en un piso
pequeño a las afueras de una gran ciudad y escribíamos un libro a dos manos.
Escribíamos lo que sucedía y lo que queríamos que sucediese. Y siempre
funcionaba. Ahora me doy cuenta de que era ella la que hacía que funcionase.
Por ejemplo, si una noche de calor habíamos dormido desnudos, con la
ventana abierta, su mano en mi sexo y mi dedo índice sellando el trazo de sus
labios, lo escribía todo al día siguiente. Y si ella quería que la noche del
martes yo le succionara los pezones hasta que supiesen a fresa, a cereza, a
mango o a cualquier otra fruta, no tenía más que escribirlo. Y esa noche yo me
dedicaba a lamer sus pechos hasta extraer el sabor de todas las frutas del
mundo. Sé que aquel juego no era inocente (ninguno lo es después de los ocho
años), pero estaba dispuesto a continuarlo hasta el final.
Luego ella murió. Le ahorraré los detalles sobre su muerte. El libro, que
cuando acabáramos iba a llevar nuestros nombres, quedó a la mitad. ¿Qué sentido
podía tener para mí seguir escribiendo con mi mismo nombre, un nombre
compartido cuya mitad ya no me pertenecía? Por eso decidí emplear un nombre
diferente, una identidad diferente, para cada libro posterior.
Supongo que todo esto, Augusto, le sonará a literatura barata, pero le
aseguro que es una de las pocas verdades que le he dicho esta tarde. La vida,
como ve, suele parecerse más a una de esas novelas que se venden en las
estaciones de autobuses que a la obra magna de un Premio Nobel.
P. Necesito plantearle una última cuestión. ¿Volverá a publicar con su
identidad real, con la que ha recobrado después de más de veinte años?
R. Concédame una respuesta breve. No lo sé.
El capítulo sobre la entrevista lo ha dejado agotado.
Se prepara un té con pastas y se sienta en el sillón de la biblioteca. No puede
evitar el gesto de ordenar algunos libros. Necesita descansar, y más con esta
fiebre que no acaba de marcharse y que a un cuerpo ya maduro, como el suyo, se
le hace difícil sobrellevar. Sin embargo, no puede dejar de pensar en el
periodista. Lo imagina en el avión, al amanecer, sentado del lado de la
ventanilla, observando el contraste entre el azul del agua y el azul del cielo
que tanto llama la atención de los viajeros cuando llegan o salen de la ciudad.
Recuerda unos versos de Pablo Neruda, “quiero saltar al agua para caer al
cielo”, y piensa que el periodista sentirá ahora esa paz que sólo puede
sentirse a treinta mil pies de altura.
Nada debe ser más terrible que desear ser lo que ya
se es, piensa mientras recuerda las palabras del periodista, cuando confesó que
a veces le gustaría meterse dentro de una novela y vivir en un mundo de
ficción. Pero no siente pena por él, sino más bien envidia. Envidia la
posibilidad de contemplar un paisaje sin signos a través de la ventanilla,
libre al fin de letras, de nombres, de señales que aluden a otras en un
engranaje que no deja de tener algo de macabro. Fantasea con que el personaje
haya conectado su aparato de mp3 y haya seleccionado la canción que él está
escuchando ahora mismo en un viejo reproductor de CDs. Puede que sea un poco
cursi, (a su edad puede permitirse ciertas cursilerías), pero escuchar La
mer en la voz de Trénet le transmite una sensación ingrávida, propia del
que flota en la inmensidad del agua o en la inmensidad del cielo, a la que no
se ve capaz de renunciar.
Se acaba el té y toma de nuevo papel y lápiz. Lo más
probable es que el periodista le haya dado al botón de reproducir de nuevo y la
canción suene una y otra vez hasta que tome tierra firme, como un mantra que lo
protegerá durante todo el viaje. Quizá el personaje cierre los ojos y llegue a
la misma conclusión a la que acaba de llegar él. Ha tenido que atravesar tantos
libros, tantas páginas escritas, tantos párrafos, tantas líneas, tantas
palabras, para darse cuenta de que habría bastado sólo una para decirlo todo.
Pero cuál.